

LA TERCERA DE MACORES
Hace unos años, un veinticinco de diciembre, muy temprano, mientras buscaba un viñedo del que hacer vino, me encontré con Manuel Pedraza padre. Yo llevaba unos días deambulando entre el Cerro Macho y la Cuesta Blanca, pisando suelo, mirando podas, buscando historia escrita en la madera. Manuel estaba podando una viña. Me acerqué y le pregunté, no por esa viña que podaba, sino por aquella otra que estaba un poco más arriba, casi en la cima de la ladera, junto a una casa.
- No es mía -me dijo- pero la llevamos mi hijo y yo. Es cuestión de hablar con los dueños.
Los dueños eran Rafael y Manuel, hijos de Pepe García (quien plantó la viña y que ya murió) y de Elisa Almansa (que todavía pasa temporadas en la casa). Pepe y Elisa son los protagonistas de la botella, los que en etiqueta y contraetiqueta se miran a través de la ventana estableciendo un puente entre pasado y presente.
Tras una reunión, Rafa y Manuel mostraron ilusión por ver la viña familiar hecha vino. Yo, por mi parte, quería hacerles justicia a los viñadores, al vidueño viejo, poner en valor la albariza, esa tierra andaluza y blanca. Eso sí, la justicia no se hace sirviéndote del entusiasmo familiar: se hace con un material menos tierno: el dinero. Pero no se puede lamentar el arranque de viña vieja y luego no pagar lo que hay que pagar. Ya el año anterior habían arrancado un pedacito de viña de los años 20 para plantar olivar. Qué pena, para esa viña no llegué a tiempo. Pagar un precio justo es difícil para alguien que está empezando. Pero tras esa reunión legamos a un acuerdo.
Así nace La Tercera de Macores, una viña honesta con lo que es. En su juventud fue una Pedro Ximénez muy productiva, como todo lo plantado en aquella época, y ahora se muestra más cansada. No es una antehojuela ni una tosca hojaldrada, pero sigue siendo un suelo calcáreo casi mágico, nacido del fascinante proceso biogeológico que tuvo lugar en nuestra tierra. En el Sur.
La vendimia es nocturna y manual: la uva se recoge en cajas de quince kilos. El vino fermenta en depósitos de acero inoxidable y después reposa 14 meses en cuatro viejas botas de fino. Las botas son llenadas completamente, pero la flor crece de forma espontánea, de manera que el envinado de las botas, la albariza, la Pedro Ximénez, la flor y la viña te remiten a los vinos del Sur.
Zorro Pantánico aún no dispone de bodega propia, así que el camino desde la viña a la botella se realiza en casa de una buena amiga, Blanca, de Bodegas Marcelino Serrano, en Alcalá la Real.







